La introducción es lo primero que lee el jurado y, casi siempre, lo último que deberías escribir. Suena contradictorio, pero tiene lógica: solo cuando terminaste la investigación sabes con certeza qué hiciste, qué encontraste y cómo presentarlo. Escribirla al principio es prometer cosas que tal vez cambien.

Para qué sirve realmente

La introducción no resume el contenido; lo presenta. Su trabajo es ubicar al lector: de qué trata el estudio, por qué importa, qué te propusiste y cómo está organizado el documento. En dos o tres páginas, alguien que no sabe nada de tu tema debería entender de qué va y querer seguir leyendo.

La estructura de embudo

Una introducción clara va de lo general a lo particular, como un embudo:

¿La introducción no arranca?

Te ayudamos a redactarla con la estructura correcta para que enganche desde la primera línea y refleje todo tu trabajo.

Ayúdenme con la introducción

Lo que no va en la introducción

No es el lugar para desarrollar el marco teórico ni para mostrar resultados. Tampoco para definir cada concepto en detalle: eso va más adelante. Y cuidado con el error clásico de copiar el resumen y pegarlo aquí; son piezas distintas. El resumen comprime todo el estudio, incluidos los hallazgos; la introducción abre la puerta sin contar el final.

Por qué dejarla para el final

Cuando ya escribiste resultados y conclusiones, sabes exactamente qué prometer y puedes ajustar el tono para que todo el documento sea coherente. Si la redactaste al inicio, vuelve sobre ella y compárala con lo que terminaste haciendo: casi siempre hay objetivos que se afinaron o alcances que cambiaron. Esa última revisión es la que hace que la introducción y las conclusiones se den la mano.